Llegaste entre un rumor del viento, abrazado a la raíz de una complicidad azul, de una raíz de una complicidad azul, de una raíz que besaba la esencia de la tierra.

Y como un riachuelo, acariciando el silbo y la azucena el crisantemo y una flor amarilla prendida del cielo.

Y es que no avisaste, fue tu presencia una fragancia tan suave, tan temprana entre el juego del tiempo que todo pareció una secuencia entrelazada, un abismo de sauces estremecidos, una ternura trastocada en amaneceres y rosas amarillas.

Silbó la hierba verde una canción de flores, un abrazo poderoso entre tus labios encendidos y tu nombre de presencias. Imposible la traducción porque eras tanta luz, tanto temblor de sentimientos, que sellaste el lenguaje convencional con ese cálculo de renuncias con ese frío cuerpo tan tuyo y tan ajeno.

Ignoré el mar en aquel trance y quise bordear las costas de tus labios para dormir con tu presencia entre mi mente.

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